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Delícias são tudo o que nos faz felizes: um livro, a magia dum poema ou duma música, as cores duma paleta ... No jardim o sol não raia sempre mas pulsa a vida, premente.

Hoy 4 de Octubre se cumplen 65 años desde el día que conocí a estas personas.
Hace exactamente 65 años una mujer y un hombre salieron de Santiago de Chile en un vetusto Pontiac negro con rumbo norte. No existía ninguna autopista en Chile y la carretera Panamericana se extendía sinuosa y torpe por algo más de cinco mil kilómetros.
Era primavera y eso auguraba un buen viaje. La mujer tenía 25 años, se llamaba Irma, era enfermera y había sido entusiasta del baloncesto. El hombre se llamaba Luis, tenía 28 años y era cocinero. Le gustaban los tangos y los caballos.
Y alguien más iba con ellos, alguien que todavía no tenía nombre , pero sí muchas ganas de nacer y ver el mundo.
Esto ocurría el 3 de Octubre de 1949. El auto iba lleno de los instrumentos de cocina personales del hombre, todos de buen acero inoxidable y relucientes. También llevaba muchos frascos con hierbas y condimentos que tal vez no encontraría en el norte.
Iban felices porque pronto serían tres, y porque al hombre lo habían contratado cono Chef en el Hotel Francisco de Aguirre, en la Serena. Era el primer gran hotel de turismo abierto en Chile, y el prestigio bien ganado del cocinero de El Escorial, La Bahía y el Waldorf le abría la posibilidad de brillar con sus platos en ese hotel internacional.
El primer tramo de unos cuatrocientos kilómetros lo hicieron en un día y se detuvieron en Los Vilos, un pueblo crecido a los dos lados de la carretera que ofrecía estupendos mariscos y pescados para reponer fuerzas.
Al día siguiente, 4 de Octubre, pasearon junto al mar antes de retomar la ruta. La mujer comentó que ese alguien en su vientre se estaba moviendo mucho, pateaba, daba golpes, quería nacer y ver el mundo.
Siete horas más tarde y ya de noche, justo cuando llegaban a un cruce que indicaba la bifurcación hacia La Serena y hacia Ovalle, la mujer dijo que al parecer ese alguien no quería esperar, que estaba sintiendo dolores muy intensos, demasiado intensos, porque ese alguien no quería esperar más, quería nacer y ver el mundo.
Justo ahí, en el asiento del acompañante del Pontiac la mujer rompió aguas, y el hombre tomó rumbo a Ovalle, piso el acelerador a fondo, y al llegar a la entrada de la ciudad ya a punto de dormir su sueño provinciano tocó la bocina, sacó la cabeza fuera del auto y a gritos preguntó a las calles vacías dónde estaba el hospital.
De una casa salió una mujer, preguntó qué pasaba, el hombre respondió que su hijo estaba a punto de nacer y reconoció que no sabía qué hacer .
La mujer miró a la parturienta, exclamó que no había tiempo de llegar al hospital, y a gritos llamó a su esposo para que ayudara. Entonces mi padre, mi madre, yo que quería nacer y ver el mundo, ayudados por el matrimonio Marincovic, unos inmigrantes yugoslavos, entramos al hotel que administraban. Se llamaba Hotel Chile.
Tardé en nacer. Era cabezón y todavía lo soy. Era porfiado y todavía lo soy. Pude nacer al revés, sacando primero los pies, pero yo quería ver el mundo. Necesitaba urgentemente ver el mundo.
A las once de la noche con cuarenta y dos minutos grité ¡aquí estoy! Y mi voz se escuchó en la habitación número siete del Hotel Chile. “Soy chileno” supongo que dije. Nací en el Hotel Chile y como huésped de una familia yugoslava.
Casi cincuenta años más tarde y al volver del exilio fui a Ovalle a conocer el Hotel Chile sin saber si todavía existía, y ahí estaba, viejo, a mal traer, pero ahí estaba. A una anciana de cabellera de plata pregunté por los Marincovic.
- Yo soy la viuda de Marincovic- me informó con dulzura.
- Yo nací aquí, hace muchos años. Tal vez lo recuerda- le dije.
Y se acordaba. Me mostró la habitación número siete indicando que estaba igual, y que el único cambio era la cama. Recordó la fatiga y la felicidad de mi madre, el llanto de mi padre ante el primer hijo, y las delicias que cocinó al día siguiente para demostrar la gratitud familiar a nuestros anfitriones.
- Nunca volvimos a comer algo tan rico. Era un maestro su padre.
Esa noche dormí en la misma habitación del Hotel Chile en la que nací. No. No dormí. Pasé la noche recostado, fumando, dando sorbos a una petaquita de pisco y pensando: ¿qué habrá cocinado mi viejo? ¿Salió mi madre a dar el primer paseo conmigo al otro día? ¿Fue premonitorio que la primera intensa luz diurna que vi, fuera saliendo del hotel, dejando atrás la palabra Chile?
Hoy, que cumplo 65 años, el Hotel Chile ya no existe, la señora Mirda Marincovic, mi padre, mi madre, son habitantes de mi memoria. Todo se convierte en memoria.
Y yo recuerdo esto con cariño, porque soy un hombre de paso, un hombre que nació en el Hotel Chile, de Ovalle.
Luis Sepúlveda
Ken Loach
Luís Sepúlveda ...hace 44 años yo tenía 20...
La tarde del 4 de septiembre de 1970 olía a primavera en Santiago de Chile. En el viejo caserón de la FECH, Federación de Estudiantes de Chile, seguíamos el recuento de votos por la radio y, con las primeras sombras de la noche supimos que la victoria era nuestra. Salvador Allende era el vencedor de las elecciones y empezábamos a dar los primeros pasos de la Revolución chilena.
Estábamos cansados, la campaña había sido dura, ardua, y para los e...studiantes era la culminación de nuestro "68", esa gran movilización encabezada por la juventud chilena y que en realidad empezó un año antes, en 1967.
Casi a las nueve de la noche el centro de Santiago estaba repleto de gente feliz enarbolando sus banderas de lucha, y más y más columnas de compañeras y compañeros seguían llegando de todos los barrios. De pronto sonó el teléfono de la presidencia de la FECH. Atendió Alejandro Rojas, presidente de la FECH, dijo "sí, sí, preparamos ahora mismo el balcón" y al momento de colgar exclamó: "Es el compañero Allende y quiere hablar al pueblo desde aquí, desde la FECH".
Y Allende llegó hasta el viejo caserón. Nuestros equipos de megafonía eran viejos y sonaban mal, pero funcionaron esa noche. Muchos lloramos al verlo entrar a nuestra casa tantas veces asediada, atacada y defendida. Que decidiera decir su primer discurso como presidente desde la casa de los estudiantes fue significativo y hermoso. Fue el gran reconocimiento a todo lo que habíamos hecho.
Y fue, y es un gran orgullo, que desde el balcón de la FECH dijera que a partir de ese momento era El Compañero Presidente.
11 de setembro de 1973 no Chile, por Ken Loach
11 diretores foram convidados para fazer um filme sobre a queda das torres gêmeas em 11 de setembro.
Essa é a brilhante contribuição de Ken Loach que traça um paralelo com um outro 11 de setembro, aquele de 1973 no Chile.
Luís Sepúlveda Chilenos...
En pocos días más hay elecciones en Chile, y si yo tuviera derecho a voto iría a votar, por respeto a un derecho al que no quiero renunciar, aunque no lo tenga, pero no votaría por ninguno de los candidatos y candidatas que aspiran a la primera magistratura, porque no me siento representado por ninguno y por ninguna.
Pero iría a votar y en mi voto, en esa papeleta que la dictadura nos negó durante 16 años, y que luego y por más de veinte años los llamados gobiernos " centro izquierda y centro derecha" convirtieron en un cheque en blanco para defender el mismo sistema represivo , anti democrático defensor del mismo modelo económico que dejo la dictadura, en esa papeleta, digo, no marcaría ninguna preferencia, pero escribiría dos letras: A C que simbolizan el clamor mayoritario por una Asamblea Constituyente por una nueva Constitución que permita a Chile recuperar la normalidad e integridad democrática arrebatada en 1973 por el imperialismo norteamericano, la derecha al servicio del lucro de unos pocos y los militares cobardes, fascistas y corruptos.
Yo quiero para Chile una Constitución que en sus primeros cuatro artículos ponga:
Artículo 1: Todos los chilenos, todas las chilenas, independientemente de su sexualidad, color de piel, raza, creencias religiosas o no creencias, empleo, estatus social, tamaño, idioma, lugar de residencia, son absolutamente iguales ante la ley.
Artículo 2: Todos los chilenos, todas las chilenas, sin excepción, tienen derecho garantizado por el Estado a un trabajo digno y justamente remunerado.Toda forma de explotación en el trabajo será perseguida por el Estado.
Artículo 3: Todos los chilenos y todas las chilenas, sin excepción, tienen derecho a una vivienda digna y a un servicio de salud pública gratuita y eficiente garantizado y protegido por el Estado.
Artículo 4: Todos los chilenos y todas las chilenas, sin excepción, tienen derecho a una educación pública libre, laica y gratuita, que contemple la enseñanza básica, media y universitaria, en los términos de excelencia que exige el potencial creador de la República, y será garantizado y protegido por el Estado.
Y como esta Constitución no existe, iría a votar, no le daría mi voto a ninguna y a ninguno, pero en la papeleta escribiría con vigor esas dos letras: A C ¡Asamblea Constituyente para una Nueva Constitución!

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